El renacer de un pueblo: Los gitanos sonamos así

"Ay, pero qué, pero qué bonito Que no se pierdan lo' gitanito'..."

— Yerai Cortés

La persecución dejó cicatrices, pero no apagó la llama del pueblo gitano. A finales del siglo XIX y principios del XX, los gitanos volvieron a encontrarse, a reconocerse en sus miradas y en el compás de sus pasos. Las familias, dispersas por el miedo y la represión, se reunieron de nuevo, fortaleciendo los lazos que el tiempo y la adversidad intentaron romper.

Las calles, los mercados y los caminos se llenaron de su música y su lengua, de la alegría de quienes han sufrido pero siguen adelante. La vida no era fácil, pero en cada herrería, en cada trato, en cada cesto de mimbre tejido con manos firmes, había un pedazo de historia y de resistencia.

Los oficios del pueblo

Los gitanos encontraron en sus manos la manera de reconstruir su mundo. En las fraguas, el hierro rojo ardía al ritmo de los martillos, dando forma a herraduras, clavos y cuchillos que viajarían por toda España. Los tratantes recorrían los caminos, cerrando acuerdos con un apretón de manos y la palabra firme como único contrato.

Las mujeres, con su arte innato, trenzaban canastas que llenaban los mercados, vendían telas de colores y, con su intuición, leían el porvenir en la palma de una mano. Los niños, descalzos y con los bisaquillos a la espalda, aprendían desde pequeños el valor de la familia y del esfuerzo, creciendo entre el humo de la fragua y el murmullo de los tratos.

La reunión de los gitanos

"Que no se pierdan los gitanito', Que no se pierdan los gitanito'..."

El pueblo gitano nunca dejó de moverse, pero en cada camino, en cada plaza de pueblo, había un reencuentro. Se juntaban alrededor del fuego, compartiendo historias que sus abuelos les contaron, recordando a los que no volvieron, pero celebrando a los que estaban.

Las noches se llenaban de palmas y guitarras, de cantes que contaban lo sufrido, pero también lo vivido. La tristeza y la alegría caminaban de la mano en sus canciones, como reflejo de un pueblo que nunca se rinde, que nunca se apaga.

Las familias crecían, los oficios pasaban de generación en generación y el compás del flamenco seguía marcando el latido de su historia. A pesar de todo, los gitanos seguían siendo gitanos.

El alma que nunca se pierde

El siglo XX traería nuevos retos, nuevas persecuciones y nuevas luchas. Pero, por ahora, los gitanos vivían, trabajaban, se reunían y soñaban.

Hoy, esas historias siguen vivas en las familias, en los mercados, en la música y en la forma en que un gitano se encuentra con otro y se reconoce en su mirada. Como dice la canción de Yerai Cortés, “Que no se pierdan los gitanito’, que no se pierdan los gitanito’…”, porque mientras haya un gitano en el mundo, su historia seguirá sonando.

Continua…