Bus junelo a purí golí e men arate
Sos guillabela duquelando palal gres e berrochí
Prejenelo a Undebé sos bué men orchí callí
Ta andiar diñelo andoba suetí tujis pre alangarí
Cuando escucho la vieja voz de mi sangre
Que canta y llora recordando pasados siglos de horror
Siento a Dios que perfuma mi alma
Y en el mundo voy sembrando rosas en vez de dolor
Sembrando rosas en vez de dolor
La historia no terminó con las galeras ni con las cárceles. La Gran Redada dejó cicatrices profundas en el pueblo gitano, pero no logró su exterminio. Los años que siguieron fueron de una resistencia silenciosa, de una lucha por la supervivencia en un mundo que intentaba borrar su identidad.
Los gitanos que lograron escapar de las redadas se vieron obligados a esconderse, a cambiar sus nombres, a buscar refugio en los márgenes de la sociedad. Los que quedaron en las prisiones y en las galeras soportaron décadas de sufrimiento, esperando un indulto que tardaría demasiado en llegar.
Caminos de sombras y resistencia
La persecución no terminó con el siglo XVIII. Durante el siglo XIX, las leyes continuaron limitando la vida de los gitanos: se les prohibió hablar su lengua, vestir a su manera, reunirse en grupos. Se les negaba el acceso a oficios y tierras, condenándolos a una vida de marginalidad.
A pesar de todo, el pueblo gitano siguió adelante. Bajo un cielo tachonado de estrellas, el viento arrastraba el polvo de los caminos mientras las hogueras chispeaban en la penumbra. Las cuerdas de una guitarra rasgaban el silencio, y el cante, ronco y cargado de alma, se alzaba como un lamento que hablaba de cadenas rotas y sueños prohibidos.
Las mujeres, portadoras de la memoria
Las madres que sobrevivieron a la prisión cargaron con el peso del recuerdo. Fueron ellas las que mantuvieron viva la lengua, los cuentos, los rezos. Fueron ellas las que enseñaron a los niños a resistir, a nunca olvidar quiénes eran.
Rosas en vez de dolor — no había otra opción. En un mundo que los empujaba al abismo, las madres gitanas sembraron esperanza. Las niñas crecieron aprendiendo que su historia era más que persecución: era también resiliencia, arte, fuerza.
Las cárceles se llenaron de silencios, pero en las casas, en los patios, en las veredas, las palabras florecieron de nuevo.
Un pueblo que nunca se rinde
La Gran Redada y las leyes que la siguieron buscaban extinguir al pueblo gitano, pero subestimaron su espíritu. Los gitanos demostraron que no se puede borrar a un pueblo que canta, que baila, que recuerda. Orobroy no es solo una canción; es un himno a esa victoria silenciosa. Hoy, cuando escuchamos sus versos, sentimos el perfume de esas rosas que sembraron: un aroma de resistencia, de identidad y de esperanza.
Hoy, cuando suena, recuerda a todos que el pueblo gitano sigue aquí, con su historia grabada en el alma, con su voz resonando en cada rincón del tiempo.