La gran redada: Condenaos por ser gitanos
La brisa del mar traía consigo los ecos del sufrimiento. Un viento cargado de dolor que soplaba desde las galeras reales hasta las tierras donde los gitanos fueron arrancados de sus casas, sus vidas, y su libertad. La gran redada, llevada a cabo en el siglo XVIII, marcó otro capítulo oscuro en la historia de la persecución del pueblo gitano.
La gran redada fue la culminación de un largo proceso de acoso y represión. En 1749, bajo el mandato de Fernando VI, miles de gitanos fueron detenidos y enviados a las galeras, acusados de ser “vagos” y “malhechores”. Pero el único crimen que cometieron fue ser gitanos. Esta operación, que buscaba erradicar a los gitanos de la sociedad, despojó a muchos de su humanidad, forzándolos a una existencia de sufrimiento y desesperanza.
La condena en las aguas del olvido
Con cada remo que se hundía en las aguas, los gitanos sabían que su destino estaba sellado. “Con grilletes en las manos y el agua hasta la rodilla, una hartá va de gitanos, sueñan y sueñan orillas”, canta El Lebrijano, evocando la imagen de aquellos que, a pesar de las cadenas, seguían soñando con la libertad. La vida en las galeras no era vida, era una condena, una tortura constante que se prolongaba en el tiempo.
En la soledad de las galeras, la angustia se mezclaba con la sal del mar. Los gitanos, condenados por su esencia, no solo luchaban contra las olas, sino también contra el olvido que se les quería imponer. El compás de los remos se convertía en una metáfora de la lucha diaria por la supervivencia, por mantener viva la memoria de su pueblo.
El dolor de la separación y las madres encarceladas
Entre aquellos que fueron detenidos, no solo estaban los hombres, sino también las mujeres, muchas de ellas con niños pequeños, menores de 7 años, que fueron detenidas junto con sus hijos. Sin embargo, en lugar de ser enviadas a las galeras, como sus hombres, las mujeres fueron encarceladas inicialemente en la Alcazaba de Málaga, pero esta no fue suficiente para albergar a las más de mil mujeres con sus hijos que fueron enviadas allí por lo que una parte de ellas ―unas 650― fueron llevadas a la Casa de Misericordia de Zaragoza. Allí no dejaron de protestar rasgando las ropas que les dieron ―iban «las más de ellas en cueros»―, rompiendo la vajilla y el mobiliario y burlándose de los que las custodiaban, incluido el alcaide.
La vida en estas cárceles era igualmente dura. Las mujeres, muchas veces separadas de sus esposos y padres, se enfrentaban a la dureza de un sistema que las trataba como culpables simplemente por ser gitanas. Sus hijos pequeños, en muchos casos, crecían en condiciones extremas, sin el apoyo de sus padres, mientras sus madres luchaban por sobrevivir a la opresión.
Las madres, desbordadas por el dolor de la separación, luchaban no solo por su propia supervivencia, sino por la de sus hijos. Muchas de ellas murieron en el camino, mientras que otras soportaron las duras condiciones de las prisiones, viendo a sus hijos crecer entre las sombras de la represión.
“Qué pena de tus penitas”, susurraban los gitanos en la oscuridad de la noche, mientras las madres miraban al mar y se preguntaban si algún día volverían a abrazar a sus hijos. La canción de El Lebrijano expresa ese sentimiento de abandono y desolación, pero también de resistencia, de un pueblo que nunca dejó de luchar por su dignidad.
La sombra de la represión
La gran redada no fue solo un episodio de represión, sino un símbolo de la lucha constante del pueblo gitano contra la intolerancia y el racismo. A pesar de todo, los gitanos resistieron. El flamenco, la música que nació del dolor y la lucha, siguió siendo un grito de libertad, una forma de mantener viva la memoria de los caídos y la esperanza de los que aún vivían.
Hoy, recordamos la gran redada no solo como un acto de represión, sino como un recordatorio de la fortaleza y la resistencia de un pueblo que nunca fue silenciado. La historia del pueblo gitano continúa, marcada por la injusticia, pero también por la resistencia de aquellos que nunca dejaron de cantar.