Mi condena: El destierro y las galeras reales
La historia de un pueblo que, además de ser perseguido, fue arrastrado hacia las galeras del olvido. En tiempos en los que ser gitano era suficiente condena, los gitanos fueron desterrados y enviados a las galeras reales, donde la muerte no era solo una amenaza, sino una constante compañía.
La libertad gitana fue reemplazada por la opresión de las cadenas. Miles de hombres, mujeres y niños, arrancados de sus hogares, condenados a las galeras, donde el trabajo forzado y el sufrimiento eran parte de su cruel destino.
Las galeras, la condena implacable
En el siglo XVI, bajo los mandatos de los Reyes Católicos y, más tarde, de Felipe II, la persecución alcanzó nuevas dimensiones. Las leyes que castigaban al pueblo gitano se volvieron aún más duras, y muchos fueron enviados a las galeras reales, donde las condiciones eran inhumanas. Era un castigo sin fin, una condena que ni siquiera la muerte podía aliviar.
“Mi condena, mi condena, pensad que mis niños crezcan camino de esta caena”, canta El Lebrijano, dando voz al sufrimiento de una madre gitana que teme por el futuro de sus hijos. La vida en las galeras no era solo un calvario físico, sino también emocional, marcado por la angustia de un pueblo que veía cómo su cultura, su libertad y su identidad eran robadas.
Un destino marcado por las olas
Las olas del mar eran la única compañía de los gitanos que, atados a los remos de las galeras, enfrentaban una existencia que solo podría describirse como la de los condenados al olvido. La mirada del niño gitano, que crecía entre las sombras del sufrimiento, veía en cada ola una esperanza rota, un grito de libertad que se ahogaba en el horizonte.
El dolor de los padres, la preocupación por los hijos que, al igual que ellos, serían marcados por esta “muerte civil” y condenados a vivir como esclavos de un sistema que los rechazaba por su herencia.
La resistencia de la memoria
A pesar de la brutalidad del castigo, el pueblo gitano nunca se olvidó de su esencia. A pesar de las cadenas, la memoria y el espíritu gitano permanecieron vivos, desafiando el olvido. La canción Mi condena no solo narra una tragedia, sino que también resalta la fortaleza de un pueblo que, a pesar de todo, sigue adelante.
Hoy, mientras el flamenco sigue resonando en los rincones del mundo, las historias de aquellos que vivieron las galeras reales siguen vivas, contadas por sus descendientes. Aunque el pasado de sufrimiento persiste, también lo hace el orgullo de una cultura que se niega a ser borrada.