Sangre, sangre: La persecución del pueblo gitano
El viento sopla entre las callejuelas empedradas de la ciudad. Una mujer corre, envuelta en su mantón oscuro, con el corazón desbocado. Detrás de ella, unos hombres armados la persiguen. No ha robado, no ha matado, no ha hecho más que ser gitana en tiempos en los que eso bastaba para ser considerada culpable.
La libertad que una vez tuvieron, la que les permitía recorrer los caminos sin más dueño que el destino, se había convertido en un pecado a ojos del poder. El pueblo gitano pasó de ser un pueblo errante a ser un pueblo perseguido.
Las primeras sombras
Las primeras leyes contra los gitanos llegaron con los Reyes Católicos. En 1499, la Pragmática de Medina del Campo les ordenó abandonar su forma de vida: debían asentarse en un lugar fijo, dejar sus vestimentas tradicionales y adoptar los oficios impuestos por la Corona.
Pero el pueblo gitano no podía renunciar a su esencia. Su libertad no era un capricho, era su identidad. Y así comenzó la persecución. Quienes no cumplían con las nuevas leyes eran castigados con latigazos, prisión o expulsión. Con cada nueva orden real, la soga se apretaba más.
El eco de la resistencia
Las palabras de la canción Sangre, sangre resuenan con fuerza. Cada latigazo, cada prisión, cada ley injusta es parte de la historia de un pueblo que nunca se rindió.
En la oscuridad de las cárceles, en los caminos donde se ocultaban, en los gestos cotidianos, los gitanos encontraron la manera de sobrevivir. Y no solo eso: transformaron su dolor en arte. El flamenco, que hoy es Patrimonio Cultural de la Humanidad, nació de esa mezcla de sufrimiento y resistencia.
El tiempo pasó y las leyes fueron cambiando, pero la sombra de la persecución quedó grabada en la memoria gitana. La lucha por la igualdad aún no ha terminado, pero el pueblo gitano sigue en pie, con la misma fuerza con la que cruzaron los caminos de Europa hace siglos.