La leyenda del tiempo: La memoria del pueblo gitano
El autobús avanza entre los edificios de ladrillo rojo. Carmen mira por la ventana, con los cascos puestos, mientras el sol se oculta entre antenas y tejados. Llega a su parada, se baja y camina deprisa por calles estrechas llenas de tiendas de barrio. Al llegar a casa, deja la mochila en la silla y busca a su abuelo en el balcón.
— Abuelo, ¿puedo preguntarte una cosa?
El viejo levanta la vista del periódico.
— Siempre puedes preguntarme, mi niña.
Carmen se sienta frente a él, apoyando los codos en la mesa.
— Hoy en clase hemos hablado de historia, pero la profesora no ha mencionado a los gitanos. He buscado en internet y he leído sobre la Gran Redada, sobre las galeras y las cárceles. Nunca nos contaste eso.
El abuelo suspira. Duda un momento, pero luego deja el periódico a un lado.
— Porque no es fácil hablar de lo que duele.
Las sombras del pasado
— Hace mucho tiempo, nos quisieron borrar, —dice el abuelo, mirando el horizonte—. Nos separaron, nos metieron en cárceles, a los hombres los mandaron a remar hasta la muerte en galeras. A las mujeres y los niños, los encerraron en fortalezas y conventos.
Carmen escucha en silencio. Nunca le habían hablado de eso en casa.
— ¿Y después?
— Sobrevivimos. No nos rendimos. Aprendimos a escondernos, a cantar bajito, a pasar desapercibidos. Pero la marca quedó ahí. La gente seguía mirándonos con recelo, como si lleváramos un delito pegado a la piel.
Carmen baja la mirada. Recuerda las veces que le han hecho preguntas incómodas en el instituto. “¿Eres gitana? Pero si hablas bien”, le dijeron una vez.
El sueño que sigue flotando
El abuelo la observa y sonríe con ternura.
— Pero no quiero que te quedes solo con el dolor, niña. La historia no es solo lo que nos hicieron, sino lo que hicimos con ello. Seguimos aquí. Aprendimos a movernos en el tiempo sin que nos atrape.
Carmen asiente. Ella está en bachillerato, quiere ir a la universidad. Sueña con escribir sobre su gente, contar lo que nadie cuenta en los libros de historia.
— El sueño va sobre el tiempo, como un velero —murmura el abuelo—. Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño.
Carmen sonríe. Ella es la semilla que sigue creciendo.